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Martes 21 de noviembre de 2017
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Opinión

· 25 de febrero a las 11:11hs

Sin vuelta atrás – Por Los mingueros

No alcanzaron las marchas, los carteles. No bastaron los talleres en cada pueblo, en nuestras calles, en el monte. No alcanza nada con estos tipos. No alcanza la fuerza del sentido común, no tuerce la balanza el amor, la vida, la coherencia. Nada les llega a las vísceras a estos negociadores de la muerte. La cosa se pone densa, porque a esta gente los mueve el capital, y a nosotros su reverso, la vida, la belleza, la diversidad.

No alcanzaron las charlas técnicas, las vivenciales, las emociones, las discusiones consensuadas, los gráficos que hicimos para explicar nuestro dolor del tres por ciento. No bastó el sol que nos juntó, los manchones de mates que tuvieron los borradores de nuestro proyecto. Nada mide en acuerdo con estos tipos, con estos vanguardistas del despojo y el saqueo.

No bastaron los kilómetros con que armamos nuestra Ley, las salidas en las radios, los afiches. No alcanzaron los recitales, las marchas, las poesías con las que fundamentamos nuestra apuesta por la vida, por el monte, que son lo mismo.

Porque aunque muchos no estuvimos en forma directa en el trabajo de la COTBN, nos hicimos raíz y gajo de su trabajo, como cada quien que se sabe y siente hermano en el amor a la tierra, en la identidad de los pueblos que defendemos nuestra casa.

Y metiéndonos más adentro de la cosa, o más afuera, digamos, viendo con ojos de alguien que no conoce de leyes, ni de negocios, ni de sociedades rurales, podríamos pensar que no alcanzan las arrugas de los algarrobos, los desparramos de sombra de los quebrachos blancos, que no alcanza el verde de los mistoles, ni la belleza de espinillos, tuscas, piquillines, chañares. Porque ni la belleza logra despertar a estos tipos. Y hasta da de pensar que los lujos de los pájaros, la maravilla que enmudece de solo ver posada una mariposa, y el encanto de las abejas mudando nacimientos por el monte, que cualquier gesto de los ríos, a estos tipos ni siquiera les perfuma el chip que les ordena trabajar para la depredación inmunda.

O podríamos verlo desde un horizonte oscuro que nos traga, hacer regla de tres simple, y deducir claramente que sin bosques no iremos muy lejos, ni los algarrobos, ni los pájaros, ni los ríos, ni ellos, ni sus hijos, ni los hijos de sus abogados, ni los hijos de sus legisladoros. Ni desde acá, estos tipos calman su obscena gula de cajero.

Aun así, la lucha no cambia demasiado. Nosotros amamos más nuestra tierra que nuestras leyes. Y el proceso de defender nuestros bosques, que es la defensa de nuestro presente, de nuestra casa, de nuestros hijos, seguirá dándose donde las leyes no pueden estar.

Nos ataremos a los árboles, al aire, nos ataremos a la tierra, porque estamos atados a la vida, y en ella a la justicia y a la belleza, y en todo, a nuestros antepasados y a nuestra descendencia. Nos ataremos al monte, a los quebrachales, nos ataremos a los pájaros, a los bichos bolitas, nos ataremos a las peperinas, a los poleos, y a los cactus. Nos ataremos como estamos atados desde el amor, para que no pasen las topadoras, ni las chequeras de la soja, ni las fumigadoras.

Seguiremos por los juzgados reclamando legalidad, pero nuestros folios estarán manchados con el barro que amamos, con las tinturas de los yuyos, con el aroma de las manzanillas.

Porque nosotros estaremos entre los árboles, nosotros apareceremos por las noches desde los arroyos, nosotros nos multiplicaremos desde las vainas de las tuscas. Porque nosotros somos el monte, nosotros somos el aire, nosotros somos el río. Habitamos un ambiente que nos habita. Este es nuestro principio, político, religioso, místico, irrenunciable.

Esto no entienden ellos, y juegan a ganar. Ellos que no conocen el bosque, porque no han ido ni irán, porque les repugnan los troncos de las breas, porque repelen nuestras ollas tiznadas, porque no entienden nuestro progreso de adobe y escoba de pichana. Y seguirán haciendo leyes atroces, y mandaran por celulares a sus contratados a desmontar, a fumigar, a sembrar plásticos, a arriar desalojos, y jugarán a negociar nuestra paz de comunidad bajo el sol.

Y aún así, nosotros nos vamos convirtiendo más y más en tierra, en monte, en pájaros. Nosotros seguimos mejorando nuestra organización, nuestros encuentros, nuestros recitales. Nosotros nos vamos transformando día a día en nuestro aire, en nuestra agua, en nuestro suelo. Ya somos nuestro ambiente, y esto no tiene vuelta atrás, aunque las leyes puedan prostituirse, aunque se presionen legisladores, aunque gobernarnos signifique violarnos. La defensa de nuestro ambiente, y en él nuestros pueblos, no tiene un revés.

Ya es imposible que nos convenzan que algo de los bosques pueden negociarse, que las fumigaciones no nos envenenan, que la minería no trae la muerte de los cerros.

Somos caminante del monte que nos camina, cultivadores de la tierra que nos cultiva, defensores del río que nos defiende, sanadores del aire que nos sana.

Habitamos un ambiente que nos habita.

Sin vuelta atrás.

Los mingueros
Año 2010

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