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Martes 19 de septiembre de 2017
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Opinión

· 2 de octubre a las 11:59hs

Recuperemos esas otras miradas

Editorial del sábado 1° de octubre de 2011 en el Programa Horizonte Sur

Me pregunto en esta mañana acerca de la mirada de un niño. Se supone que la mirada de un niño es nueva, que mira cada cosa por primera vez, que mira como sorprendido, que carece de prejuicios, que no tiene memorias de miradas anteriores que se le superpongan a lo que mira y que le obstaculicen ver eso que mira. Siento también, que en la mirada de un niño hay candor, que hay capacidades asimismo de ver más allá de lo que otros ven o acaso de verlo de otro modo, de un modo que siempre nos sorprende. Ahora bien, somos adultos, hemos sido golpeados por la vida, hemos crecido en el esfuerzo, con experiencias límites, con alegrías y sufrimientos, tenemos miradas cansadas y descreídas. Ese mundo que era mágico y por sobre todo nuevo, ese mundo que nos fascinaba a cada paso que dábamos, ese mundo se ha ido transformando, lo hemos perdido en el esfuerzo de vivir. Con el candor y con el cansancio hemos perdido la gracia con la que nacimos, ahora miramos como mirábamos, pero ya no vemos cómo veíamos. Si, en cambio, hay quienes continúan viendo bello lo que otros ya no son capaces de apreciar, son capaces a pesar de ser adultos de ver las cosas casi como si fuese por primera vez, son los menos, tal vez, pero son muchos. Es importante que existan, es más importante todavía que se multipliquen. Son almas privilegiadas porque aún conservan un poco de sus antiguas miradas de niños. Ejercer el pensamiento es en buena medida, poder ver las cosas de un modo diferente al común. Es el comprender que el problema es la pregunta y no la respuesta, apreciar en el otro lo bueno y lo que sabe, en especial saber que siempre tenemos algo que aprender de ese otro y sobre todo, saber que el modo en que nos responda es en gran medida nuestra responsabilidad, porque será siempre la respuesta al modo en que lo abordamos. Luego de siglos de prácticas de laboratorio, algunos descubren recién ahora que el experimento responde o que al menos trata de satisfacer las expectativas del observador. Sin embargo, alrededor nuestro los estereotipos y los eslóganes abruman los esfuerzos para tratar de pensar. Cargamos mochilas de piedras que nos impiden volar. Es el caso de la tecno política, en que el hombre renuncia a sus impulsos libertarios y a toda vocación por lo sagrado, y en que a través de la política y del consumismo, busca asimilarse a las máquinas y a los aparatos, y termina sometiéndose por último a las cosas, a los objetos que lo rodean y a los que convierte en nuevos dioses. El patio de los objetos de que nos hablaba Rodolfo Kusch. También existe en torno de nosotros, algo que nos atormenta y que algunos llaman música y que no es más que ruido o acaso percusión tecno, a un volumen sencillamente ensordecedor. Pocos son los que están conformes con su suerte, pero no son conscientes de ello y entonces se vuelven agresivos a todo, al ambiente, a sus prójimos, a toda posibilidad de belleza. En las periferias urbanas, hasta antes de la sojización: zonas semirurales, abundan los que no quieren escuchar el canto de los pájaros y ponen la música a matar para que todos sepan que ellos están incómodos con el mundo que les ha tocado en suerte. Son los mismos que arrojan su basura en la casa del vecino, que aprovechan que está oscuro o que no se los ve, para vaciar sus bolsas en cualquier lugar, no importa que sea un paseo arbolado, una zona rural o el río de la Reconquista. Ensuciar el medio ambiente los consuela en algo de su insondable dolor de no poder ser como quisieran ser. Pero esos gestos no los ayudan, por lo contrario, los alejan más todavía del “estar”, en que necesitarían aceptarse, y de la consiguiente posibilidad de ser, porque no pueden ni podrían llegar a ser sino desde ese estar al que actualmente abominan. A medio camino entre el cielo y el infierno, viven en la conciencia colonial que es una conciencia enajenada, un modo enfermo y falso de ser, un modo de ser que se hace de sufrimientos y de agresividades incontroladas, a veces criminales otras veces auto destructivas. Y pareciera que, cuando recorremos las periferias urbanas de pobreza extrema, estamos de nuevo leyendo o acaso recorriendo a Franz Fanon en su obra sobre los condenados de la Tierra, como si fueran estos, otra vez los años sesenta de la guerra de Argelia, cuando el martiniqués escribió aquel extraordinario libro prologado por Sartre. No me sorprende a mí que muchos de los actuales funcionarios que llevan producidos tres cuando no cuatro generaciones de asistencializados, sean los mismos que en los setenta por su tremendismo y exigencias, torcieron un destino de grandeza que parecía encaminado. Fueron militaristas y autoritarios en aquellos años de fiesta para los sectores populares, hicieron culto de la tecnopolítica y no dudaron en derramar generosos la sangre de los otros, especialmente de los líderes obreros. Hoy en el gobierno, son soldados de Cristina, y hacen su propia fiesta de negocios y enajenaciones. Los mecanismos brutales del golpismo militar han sido sustituidos por variados dispositivos que no le van a la zaga en su capacidad de someter y de monopolizar, mecanismos y prácticas que producen en los más desvalimiento, dependencias, desorientación y pérdida de conciencia. Mientras se institucionalizan las nuevas dictaduras, el poder comunicacional hegemónico crece a cubierto de campañas contra los multimedios, tanto como la destrucción sistemática de lo que alguna vez fuera el Pueblo argentino. La violencia entre los marginados y excluidos se descarga en el seno de la familia, con los maestros de la escuela, en las madrugadas de porros y pastillas con otras bandas, en el mejor de los casos contra la yuta o los vagones del ferrocarril… Las consecuencias del asistencialismo y del extravío de toda cultura del trabajo son difíciles de medir, pero sin duda configuran una tragedia similar o aún peor que la de la sojización en curso. La catástrofe global económica y financiera que crece en todo el mundo no demorará en llegar a estas costas, que ello pudiera no ocurrir es algo imposible dadas las absolutas dependencias argentinas a los mercados globales, y esa catástrofe no nos encontrará blindados como dicen algunos inimputables en el ejercicio de los cargos públicos, sino que nos hallará inermes, indefensos, desamparados, colonizados, urbanizados, indigentes y a la vez agudamente consumistas… Desde el GRR nos hemos esforzado desde hace años por cultivar otras miradas, miradas que no son de niño, sino que sencillamente se esfuerzan por reconocer que a una realidad compleja corresponde enfrentarla con pensamientos tanto o más complejos todavía. Ello implica comprender que la Globalización es un proceso planetario que se ha cocinado largamente, pero que entraña un salto tan extraordinario en la dimensión y en los alcances de los desafíos actuales que enfrentamos, que a esos desafíos no podemos de manera alguna resistirlos con los presupuestos políticos e ideológicos del siglo XIX, tal como todavía muchos bienintencionados intentan. Por lo contrario, que esos presupuestos ideológicos del siglo XIX y estoy refiriéndome al marxismo, conducen inexorablemente a sometimientos y negociaciones que legitiman los nuevos poderes, porque nos llevan a persistir en el crecimiento y en la modernidad, y tanto el crecimiento como la modernidad son propuestas que hoy conducen a nuevas y perversas colonialidades. Vivimos en plena aceleración de las crisis climáticas y energéticas aunadas, además, ha comenzado el declive inexorable de la civilización industrial en que hemos vivido durante los últimos siglos. Debemos comprenderlo y aceptarlo para comenzar a prepararnos para lo que viene. Alguna vez recordaremos con sorpresa y con pena, los rechazos que hoy suscita la sola mención del uso alternativo de la tracción a sangre. Sin embargo y a pesar de las acusaciones progresistas, lo que viene no será el pasado, será inevitablemente algo nuevo, algo
nuevo que nos exigirá ser capaces de innovar y sobre todo de pensar, y para pensar debemos comenzar sabiendo quiénes somos, dónde nos situamos y cuáles son nuestras propuestas. En estos días recorría zonas del primero y segundo cordón y comprobaba una vez más la enorme miseria, el hacinamiento, el deterioro urbanístico, la inseguridad creciente que lleva a que nos enrejemos en las casas, la fealdad ambiente, la basura por doquier, la contaminación y las enfermedades. Nos han acostumbrado a vivir de una manera que no merecemos, nos prometen pequeños cambios, cambios cosméticos y graduales, y todavía los aplaudimos, cuando deberíamos sacarlos a pedradas. Nos han cocinado como al sapo y dejamos que el agua hirviese sin saltar de la olla. Recuperar otra mirada es también reaccionar ante la vida a que nos obligan, volver a ser rebeldes. No merecemos los argentinos vivir de esta manera, no merecemos viajar como viajamos, no merecemos comer como comemos, no merecemos ser víctimas de la violencia y de la inseguridad tal como ahora las sufrimos. Esta es la propuesta del GRR. Necesitamos reconstruir el sujeto protagónico que es siempre e inexorablemente el Pueblo Argentino. Ese sujeto somos nosotros, los que tenemos que reaccionar ante nuestra propia decadencia. Nosotros, los que entre todos debemos recuperar miradas sorprendidas y espantadas de lo que han hecho de nosotros. Los que debemos reconquistar miradas rebeldes y conjurarnos a salir de la miseria de los planes, de la miseria de la comida chatarra, de la miseria de la urbanización compulsiva, de la dependencia del país a China y a las Corporaciones transnacionales. Recuperemos esas otras miradas para poder tener un porvenir y un país para todos.

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