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Martes 16 de enero de 2018
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Opinión

· 13 de mayo a las 10:44hs

Las nuevas y más atroces colonialidades

Editorial del sábado 12 de mayo de 2012 en el Programa Horizonte Sur

Estos años pasados han sido confusos y tal vez demasiado complejos para el común de los que fueran militantes. Las exigencias que impusieron a la comprensión de muchos de ellos, excedía la capacidad de comprensión y mostraron las limitaciones de antiguas formaciones políticas, a la vez que las consecuencias nefastas del modo en que el marxismo llegó a nuestras costas, y las dificultades para abordar desde él los temas de la tierra y el arraigo, de la Cultura y de las Soberanías nacionales. Muchas veces, en estos últimos años de intensa adscripción de nuestros países a la llamada Globalización, debimos expresar a ciertas izquierdas progresistas, a veces oficialistas, que nos sorprendía, el que nosotros tuviésemos que recordarles que las condiciones materiales y en especial el modelo productivo generaban o inducían pensamientos políticos, discursos y montajes escénicos adecuados a sus necesidades. Ellos presuntamente tan formados en el marxismo y antes siempre dispuestos a tener en cuenta e incluso enfatizar, las causas materiales que fundaban una ideología, de pronto habían resuelto que lo político poco tenía que ver con la sojización, con la megaminería, con la implantación masiva de pinos, con el petróleo en manos de las corporaciones o con la producción de biocombustibles desde la agricultura, tampoco con el Agronegocio y con la biotecnología… Habían resuelto que podían confesar públicamente y sin mayores pruritos, que de lo rural nada comprendían y que eso poco importaba, porque los discursos y los gestos como el de mandar al General en Jefe a bajar el cuadro de Videla, manifestaban por sí mismos, una clara restauración de lo político, que se consideraba fundante de nuevas épocas… y así fuimos, derivando en los últimos años y gracias a la hegemonía mediática apabullante de los sectores medios progresistas, de discurso en discurso, de simulacro en nuevos simulacros, y de perdernos en una confusión para emborracharnos luego en otras mayores confusiones todavía.

A quienes referíamos en nuestro activismo a los grandes temas de la política, o sea a quieren referíamos a los grandes temas que sustentan la política, se nos fue confinando a ser los supuestos expertos en soja o los que teníamos vocación de dar o de recibir algunas piñas en oportunidad de ser presentada la delegación china en la Casa de la provincia de Río Negro, para el acaparamiento de más de trescientas mil hectáreas… como si fuésemos tal vez una especie de mestizaje entre barras bravas y agrónomos, despistados de un proceso histórico que no alcanzábamos a comprender, al menos la desoccidentalización del nuevo y mejorado Capitalismo que se nos proponía como emancipatorio… La consecuencia de esta penosa negación de la realidad en que se insistió, fue que en la nueva etapa de consolidación del modelo, así como etapa de extendido despoblamiento de las zonas rurales, cuando la megalópolis y los universos propios de lo urbano, parecen erigirse para muchos como el único mundo existente, como el universo que genera pensamientos de manera excluyente, surgieron contestatarios diversos que se postularon como pensadores desde diversos fragmentos de una realidad arrasada por la Globalización y el Agronegocio. Así el caso del “campesinismo” de tantos, o de tomar el caso de las víctimas de la fumigación o de la lucha de los pueblos contra la megaminería, como hechos en sí mismos, que dieron lugar a expresiones de pensamiento valientes y de riesgo, pero que suelen evadir la necesidad de asumir la comprensión y la denuncia de los escenarios globales.

Quisiéramos ahora que no ocurra en la Argentina lo mismo con la Decolonialidad que anteriormente ocurriera con el modelo de sojización devenido gracias a la hechicería de algunos intelectuales y periodistas funcionales, en problemas con el Glifosato o con los metros que separan las poblaciones de la línea agronómica donde sí se permitiría fumigar. Que la decolonialidad no llegue a ser algo parecido a lo que hoy es el Pensamiento Nacional, en una Argentina progresista que lo expone y celebra de manera insensata, con una inmensa exposición en el Palais de Glace, exposición en que más allá de cientos de metros de estupendas mamparas y diseños, gigantografías y memorias bibliográficas en que la secretaria de medios de la Presidencia y la Secretaría de Cultura invirtieran una pequeña fortuna, la palabra soja o petróleo, minería o biocombustibles resultaron absolutamente inexistentes… Es comprensible entonces, desde esta perspectiva nuestra que es la propia de estar metidos en el campo de batalla intelectual y del pensamiento, tanto en la defensa de los bienes comunes como en la preservación de memorias políticas que son sistemáticamente falseadas por los mandarines del progresismo, que sospechemos que la “desoccidentalización” expresada en la Argentina por la subordinación a las necesidades de China, implique nuevos y más terribles riesgos, probablemente, otros modos perversos del simulacro y del travestimiento.

Sospechamos que, tal vez la Globalización necesite en esta etapa de una necesaria y funcional desoccidentalización, ya que es imposible sostener los formatos anteriores de Colonialidad tal como se daban. El grueso de los intelectuales ha optado mientras por la postmodernidad y evaden sistemáticamente imaginar alternativas al mundo de lo urbano o de lo industrial que consideran natural a un Universo excluyente. Un Universo que, por lo demás, invisibiliza o menoscaba toda alternativa. Las megalópolis son el centro de un imaginario de vida y de consumo que cada vez más se permite ignorar el espacio exterior, el origen de los recursos en que se apoya un consumo creciente y el destino de sus residuos urbanos que tal como la basura estelar de un astronauta, se pierden en un más allá ominoso que comienza en los límites de esa nueva humanidad, que son las periferias urbanas…La trampa estaría entonces montada. Pensar en otros mundos posibles implica grandes riesgos que cuesta afrontar. Pensar en que otros mundos son posibles implicaría comprender que nuestras vidas han sido secuestradas por las corporaciones y que importa poco a sus políticas de dominio y de transformar nuestra vida y nuestras personas en mercancías, el que seamos de izquierdas o derechas. Pensar otros mundos implicaría tal vez revisar los debates de Vera Zasulich con el viejo Marx en los finales del siglo XIX, y comprender los extravíos del socialismo en los inicios del siglo veinte, su opción terminante por lo industrial y por lo urbano, opciones que implicaron la destrucción sistemática del mundo campesino, particularmente en la antigua Rusia y en Ucrania, que fueron por lo demás, equiparables a otras destrucciones semejantes que se llevaron a cabo en la España posterior a la guerra civil, con signos tan opuestos como el del franquismo, aunque siempre al servicio del Capitalismo y de la Modernidad, y que han sido magistralmente registrados por autores como Félix Rodrigo. A partir de aquellos años de la Revolución Rusa, reconozcamos que la opción urbana e industrial del Socialismo condenó, al grueso del movimiento de izquierdas a servir las lógicas implacables del crecimiento y de la acumulación del capital.

Me temo que no estamos suficientemente preparados para enfrentar las nuevas colonialidades transcorporativas cuando no se trata ya de reoccidentalizaciones, sino que traen otros rostros y otros discursos, más seductores. Es lo que nos está ocurriendo en estos momentos, cuando el interés corporativo no tiene embarazo ni obstáculos en travestirse de socialista en España o de seudoperonista en la Argentina, de progresista e indianista en otros lugares de América Latina, por qué razón no podría “desoccidentalizarse”, si con ello logra, tal como lo esta haciendo, disolver nuestras certezas, resquebrajar la unidad del pueblo y lograr confundir a importantes sectores políticos que, en sus identidades, refieren de manera preponderante a las historias del Socialismo europeo. ¿Cómo logramos que un debate con esos compañeros pueda ser inteligible, que pueda ser razonable, cuando pesan tantas confusiones, tal vez antiguas, pero que ahora parecieran hipotecar en ellos toda o gran parte de las posibilidades de comprensión de las nuevas circunstancias y configuraciones que produce la Globalización? De hecho el grueso de los esfuerzos de nuestros equipos en los últimos años ha sido en torno de discutir o rebatir en el campo popular, los beneficios o desmedros de la escala, la validez de la agricultura química y la conveniencia o no del uso de agrotóxicos, de precisar si los desocupados y piqueteros del 2001 eran desempleados del campo o de la industria, si las tecnologías que nos afectan podrían tener otros usos y consecuencias en caso de reemplazar a quienes las controlan actualmente, si el poder obrero en las Megamineras sería aceptable y si deberíamos apoyar la sindicalización de los obreros de la empresa Monsanto o el desafío era el de no legitimar a la Corporación…

Pienso ahora que América Latina tenía unas tradiciones de lucha sumamente firmes en torno al nacionalismo popular y revolucionario de la posguerra y que a partir de los años sesenta a esos paradigmas se le superpusieron con ventaja, los que fueron propios del marxismo cubano. Todos participamos de esa etapa y al margen de cómo la vivimos o de cuánto empeñamos en ella nuestros compromisos de vida, hoy son parte ya del pasado y de una memoria colectiva. Veo en aquel cruce de caminos de las luchas latinoamericanas y en aquellas dependencias no queridas pero inevitables hacia una URSS que hoy es tan solo recuerdo, el origen del conflicto que enfrentamos y de las debilidades tremendas que nos aquejan frente a los procesos globalizadores y el dominio de las corporaciones. Estábamos capacitados para enfrentar las políticas del Imperio como fuera, pero siempre desde nuestras propias entrañas, desde nuestra emocionalidad y desde nuestra Cultura. Cuando convertimos la revolución en un tema doctrinario, en algo propio de ciertos desafíos ideológicos, nos pusimos sin quererlo en una natural situación de comprender y conducir a nuestros pueblos. Eso generó de por sí, una distancia que no habíamos tenido y que, de hecho, nos situó en una posición de clase dirigente que pretendía imponer su hegemonía.

Más allá de una cierta visión autoritaria del vanguardismo foquista, aceptemos que el paradigma imperante impedía comprender por ejemplo, qué le ocurría al Tibet o a los rebeldes de Praga. Fue propio de una etapa en que, las luchas populares y revolucionarias en América Latina sufrieron un fuerte proceso de aculturación, de extravío de los cursos naturales que hizo que fuera difícil reencontrar el hilo de los propios procesos históricos emancipatorios y que condujo a fuertes y terribles desgarramientos tales como los que vivimos en la Argentina durante los años setenta. Hubo sin embargo, en algunos lugares del planeta, mentes anticipadas que, como Petra Kelly supieron vincular los temas ecológicos del mundo real con las luchas y la resistencia cultural del Pueblo tibetano. Es importante reconocerlo y celebrarlo, en particular cuando ella fue asesinada por la CIA y hasta los propios verdes alemanes parecen haberla enterrado en el olvido. De todos modos, digamos que esos pocos casos fueron una excepción, y lamentablemente lo siguen siendo. Aquella situación no ha cambiado pese a los años transcurridos. El mundo ha mudado pero muchas mochilas ideológicas y de pretensión hegemónica desde la clase burguesa no han cambiado, aunque si han cambiado los enmascaramientos y los dobles discursos. Con algunos progresistas, la discusión continúa siendo sobre el rol de China y su relación de predominio sobre nuestros países, considerando desde ya, el pasado revolucionario de China y su conducción socialista, y ello, más allá de que encarne actualmente, el más feroz capitalismo globalizante. Pese a estos debates ideológicos de muchos que tal vez porque nunca ensayaron de chicos en el potrero, suelen enredarse con las propias pelotas, son muchos los que nos esforzamos por volver a sentir y a pensar lo político desde las tripas y concluir que, de hecho, lo que ocurra a los chinos o lo que ellos puedan o quieran hacer con su propia herencia del maoísmo, es un problema que les es propio. Lo que a nosotros nos amenaza son las nuevas y más atroces colonialidades de una época que con clarividencia, una escritora francesa denominó como del horror global.

Jorge E. Rulli

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