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Viernes 24 de marzo de 2017
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Opinión

· 11 de septiembre a las 19:46hs

Industrializar lo rural ya no es un sueño sino una pesadilla

Editorial del sábado 10 de septiembre de 2011 en el Programa Horizonte Sur

Recientemente la Presidente Cristina Fernández Wilhelm expresó en la ciudad de Lincoln, que uno de sus grandes sueños respecto a la Argentina del tercer centenario, sería el de industrializar la ruralidad. La declaración, tan breve como terminante, refiere a una cuestión de enorme importancia en el mundo actual, así como refiere a una toma de posición frente a los desafíos propios de la época, especialmente, para un país aplastado por el modelo de los Agronegocios. Pese a su brevedad retórica y en buena medida por la fuerza categórica que conlleva, el sueño de la Señora Presidente nos produce un profundo rechazo a quienes seguimos y creemos conocer su pensamiento y su práctica al respecto, en especial cuando se asesora con Lino Barañao y Julián Domínguez, miembros del gabinete de la República, o acaso con el intelectual Ricardo Forster, uno de los fundadores de Carta Abierta, que no se quedan atrás, en cuanto a la necesidad de apostar ciega y empecinadamente por el crecimiento, así como insisten en el culto por las tecnologías. Tal vez al común de los argentinos en cambio, muchos de ellos convencidos aunque no de manera suficientemente consciente, del destino urbano de la Argentina, el deseo de la Presidente no les haya causado mayor rechazo o quizá, hasta les haya parecido aceptable. Una razón más entonces, para preguntarnos, ¿qué significa ese deseo de la primera magistrada, en especial cuando el Director de la Biblioteca Nacional, Horacio Gonzáles, en una de las reuniones de Carta Abierta, la equipara poéticamente con “una máquina de lanzar desafíos conceptuales”? ¿Qué significan, además, esos deseos cuando, luego de varios ensayos y postergaciones, se lanza al fin el PEA, el Plan estratégico agroalimentario y agro industrial, que fijará supuestamente, los rumbos del gobierno hasta el año 2016?

Con los criterios actuales a que refieren los procesos progresistas de la América Latina, podríamos anticipar que esa aspiración significa modernizar, modernizar con las mismas miradas y en similar camino que el recorrido históricamente por Europa. Significa integrar al pequeño, al campesino, al poblador rural, integrarlo a la sociedad de consumo y a los dictados del Agronegocio, para que venda en el lugar indicado, bajo controles de comercialización, con las normas correspondientes a la sociedad global, que venda bajo diversas certificaciones y que lo suyo sea fundamentalmente: el industrializar las producciones rurales, con el objetivo de que los frutos de su labor terminen en la exportación o en la góndola de los supermercados. Significa, asimismo, hacer dependiente al pequeño productor de las tecnologías de punta, así como de la creciente compra y dependencia de insumos, prácticas que promueven las grandes empresas. Significa a la vez, enseñarle la conveniencia de la escala, del método fabril que convierte al animal en objeto y en producto, que le niega su carácter de ser vivo y que lo mantiene en encierro o en corrales de engorde y lo alimenta con balanceados industriales, balanceados a los que se añaden hormonas y antibióticos preventivos que envenenan su carne y terminan enfermando a quienes las consumen. Significa del mismo modo, meterle en la cabeza al productor rural, los conceptos de inversión y de ganancia, así como el incorporar semillas mejoradas, hibridas o transgénicas que ya no pertenecerán al agricultor sino a la Corporación que las produzca… y en buena medida este Plan, tanto como otras propuestas similares de gobiernos progresistas de América Latina, significa asimismo la determinación estratégica de “subirse al tren de China”, esperando que China pague traidores, y evitando de esta manera atarse a las crisis del mundo occidental, a la vez que confiando que el proceso de crecimiento chino como potencia emergente, no se detenga, al menos durante los cuatro años de gobierno que tienen por delante y que continúe necesitando las ingentes cantidades de forraje y de aceites de soja que ahora nos requiere.

En suma, que el Plan está impulsando decididamente el modelo de los Agronegocios y que se propone hacer del campo una enorme fábrica con personas que, sabrán poco y nada de lo rural, ya que se especializarán como tractoristas, fumigadores, mecánicos, inseminadores, etc., y extraviarán de esa manera, los saberes agrarios y los patrimonios culturales heredados. Significa también, que se continuará enseñando al hombre de campo a relegar o abandonar las producciones de subsistencia y los múltiples y variados conocimientos a que ello obligaba, y se le inculcará la necesidad de consumir, tal como al hombre de la ciudad… ¿Por qué razón perdería su tiempo en una huerta o en un gallinero familiar si puede ir al super del pueblo y comprar esos productos o sus similares, por no mucho dinero, y de esa manera aprovechar mejor su tiempo para emplearlo en los monocultivos y en las producciones en serie que se le recomiendan…?

Alguna vez, con el Peronismo, la Argentina alcanzó su plena Soberanía, cuando industrializó la industria y agrarizó el agro. En esas épocas comprábamos el pan recién horneado a leña en la panadería del barrio y lo llevábamos a casa envuelto en papel de astraza, el azúcar se compraba suelto en el almacén de la esquina, todavía podemos recordar con ternura como impresionaba a nuestros ojos de niño las orejas y el repulgue del paquete que prolijamente nos hacía el gallego sobre el mostrador de madera, y las gallinas para el puchero se compraban en la pollería, donde las viejas del barrio las elegían y el pollero las mataba y pelaba mientras nosotros aguardábamos junto a nuestra madre. Pero además de una pujante industria liviana y mediana, que abarcaba el grueso de las necesidades de un desarrollo planificado, teníamos los hornos Zapla en Jujuy y la Fábrica Nacional de aviones en Córdoba, los talleres ferroviarios y los astilleros que no paraban de producir como en una gran colmena. Todas las herramientas y las máquinas herramientas se fabricaban en un país que era absolutamente autosuficiente en energía, así como se fabricaban los electrodomésticos y hasta los automóviles que abastecían a un mercado interno en pleno desarrollo. Sesenta años después, todo producto que se precie nos llega de China, mientras que el Agronegocio ha industrializado los alimentos que ahora son producidos mediante cadenas agroalimentarias, cadenas que culminan en las góndolas de los supermercados. No tenemos altos hornos ni fabricamos aviones y además somos dolorosamente dependientes, tanto de la importación de gas cuanto de petróleo, pero lo que es peor todavía, ya no consumimos alimentos sanos y frescos, sino que nos alimentamos con comida chatarra industrializada. Nos alimentamos y a la vez nos enfermamos con una ingesta que, además de los tóxicos propios de la agricultura química y todos los conservantes imaginables, contiene fuertes componentes originados en semillas transgénicas. Mientras tanto, la mayor parte de las verduras frescas aunque altamente contaminadas de que se dispone en el mercado, son producidas en las periferias urbanas, por migrantes bolivianos mediante sobre explotación laboral.

En definitiva, que esta idea aberrante de industrializar lo rural, no es más que un espanto de la modernidad tardía vista por ojos subdesarrollados, un verdadero espanto generado por una clase media urbanizada y progresista, a la vez que fuertemente retrasada en el campo de la evolución política de los pensamientos, una clase media citadina que ve un mundo cartesiano y desacralizado desde el balcón de su departamento… y a la que le resulta imposible imaginar otros universos más que su propio estrecho mundo de necesidades y ansiedades, el patio de los objetos tal como diría Rodolfo Kusch, con las pantallas como ventanas a un afuera que la sobrecoge. Un mundo sin corazón, sin ternura, sin belleza ni silencios, donde los que luchan por el Poder mueren como murió Néstor, después de una rabieta por una disputa telefónica, entre cuatro paredes, enfermo de cólera y de impotencia, concentrado en el esfuerzo de acumular millones de dólares que no se puede llevar a ninguna parte, y disputando la ficción del mando y la dialéctica del amo y del esclavo con otros fantasmones similares.

Mientras miles de activistas preocupados por el destino del Planeta y urgidos por los más que evidentes y sucesivos colapsos ambientales y la creciente crisis energética, se proponen re-ruralizar la ruralidad o acaso retornar a la tierra campesinizando a nuevos y sucesivos contingentes de jóvenes idealistas, en la Argentina, por lo contrario, la consigna de los sectores progresistas resulta ser a todo riesgo, la de acabar con la ruralidad y con la vida rural. Ello es sin lugar a dudas, un desatino, no tan solo para el porvenir de nuestros patrimonios ecológicos a los que, de esa manera, condenamos irremediablemente, sino también para la identidad cultural de nuestros pueblos, que aunque suela manifestarse en las ciudades, siempre tiene origen en el campo y en los horizontes simbólicos que vinculan al hombre con la tierra.

La idea de industrializar lo rural: con un paquete de postulados anacrónicos propios del siglo XIX, se propone transformar el campo en una especie de fábrica, para de esa manera reocupar con eficiencia el antiguo nicho asignado por las metrópolis a las periferias coloniales, el de ser proveedoras de alimentos y materias primas. Pero ese mismo rol ahora, en el siglo XXI, con Biotecnologías, con cultivos extensivos y genética de altos rindes y mayores insumos, con provisión masiva de forrajes para engorde y, sobre el hambre de las propias poblaciones, condenadas irremediablemente a la desnutrición y a la mala alimentación, por usarse el suelo para la producción masiva de biocombustibles destinado a los motores de Europa… “Queremos que la Argentina sea un líder a nivel global en agroalimentación. Las metas [de 160 millones de toneladas de granos por año] que proponemos van a quedar cortas”, manifestó la Presidente en la feria de Tecnópolis, ante los numerosos empresarios que la escuchaban, al ser presentadas las metas para los próximos diez años en materia agroalimentaria. Gustavo Grobocopatel o Eduardo Elsztain, los mayores terratenientes y sojeros de la Argentina, no lo podrían haber expresado con mayor claridad. Héctor Huergo y Jorge Castro, los teóricos del multimedios Clarín, tampoco. Sorprende el extraño maridaje de ideas y conceptos, conseguido a lo largo de los últimos años entre los resabios de un setentismo incapaz de comprender los desafíos de la Globalización, y los intereses corporativos de un sistema mundo, que tiene a la China comunista como la gran fábrica de todas las producciones, así como la locomotora del Capitalismo Global.

Paradójicamente y debido a que, los intelectuales K aderezan las nuevas dependencias con contrabandos conceptuales y relatos encubridores, el Plan agro alimentario, dice proponerse la Soberanía y la seguridad alimentaria y nutricional. Una vez más, se nos plantea la desnaturalización de los conceptos y una difícil disputa en el campo semántico, ya que estamos convencidos que las propuestas son absolutamente antagónicas a la construcción de Soberanía Alimentaria, y aún peor todavía, a la seguridad nutricional que dicen proponerse. Se trata entonces, una vez más, de luchar por poner en claro la naturaleza del simulacro que ellos instrumentan, así como las verdades que nos motivan a quienes definitivamente proponemos otro país. Penosamente, no solo en el plano del discurso, arriesgamos que se extravíe el significado de la Soberanía Alimentaria. Debemos reconocer que, si bien las diez millones de hectáreas que se propondrían sumar a los actuales monocultivos de exportación, inevitablemente barrerán con gran parte de los bosques subsistentes, como consecuencia de extenderse de manera impiadosa la frontera agrícola, es posible que se tomen recaudos para privilegiar a bolsones de agricultura familiar y pequeñas producciones a las que se asistencializa desde la Secretaría de desarrollo rural y Agricultura familiar. Esa secretaría dependiente de la ingeniera Carla Campos Bilbao sostiene a esos sectores, en algunos casos de izquierda, como tropa propia, al menos para que continúen legitimando el modelo extractivo agro exportador, a la vez que alimentando las políticas de representación que caracterizan al régimen K y que le dan el sustento electoral que necesita. Diversas posiciones en los medios, equívocas cuando no de franco apoyo al Plan anunciado, por parte de líderes campesinos y de las pequeñas producciones, nos permiten sospechar este tipo de complicidades y de probables nichos acordados para asegurar la continuidad de ciertos respaldos. Ayuda mucho en esas connivencias, la creciente fragmentación social, la exacerbación de diferencias e intereses, la voluntad del modelo instalado de aceptar ciertas regulaciones ambientales que lo maquillen, la extendida entelequia de que cada cuál puede salvarse sin el resto, el asistencialismo que baja las defensas y predispone a la claudicación, y muy especialmente la certeza instalada de que el kirchnerismo es invencible en las urnas y que se mantendrá cuanto menos hasta el año 2016.

Lo hemos dicho más de una vez y ahora lo repetimos: somos una generación acostumbrada a impulsar desde la voluntad y desde las propias militancias, las contradicciones que motivaban y provocaban los cambios sociales y políticos. Las luchas revolucionarias que nos precedieron no eran sino eso, el resultado del esfuerzo y el sacrificio de algunos por acelerar los procesos y modificar las condiciones subjetivas y objetivas que predisponían a los cambios institucionales y de relaciones de Poder. Es muy posible que esas sean también, situaciones que la Globalización y los cambios climáticos hayan modificado. Hoy los límites los pondría la Naturaleza, las nuevas condiciones que provocan cambios, provienen de los colapsos ambientales y de las crisis energéticas producidas por la voracidad del Capitalismo global, las nuevas circunstancias revolucionarias surgen del desplome de los mercados globales y de las catástrofes ecológicas que abren camino a procesos desesperados y sin porvenir alguno por delante, que no sean los de alcanzar la supervivencia y recuperar la felicidad de los pueblos en procesos de recobrada simplicidad. Basta entonces con que, tal como lo venimos haciendo, continuemos preparándonos para lo imprevisible que está siempre a la vuelta de los días o de los meses próximos. El sueño progresista de los que persisten en industrializar lo rural y buscar crecimientos ilimitados basados en las tecnologías, ya no es un sueño sino una pesadilla. Nuestro deber es despertarnos y salir de ella.

1 trackback

  1. Por No seamos Bariloche el 18 septiembre, 2011 a las 10:05 am

    […] la editorial de Jorge Rulli sobre el Plan Estratégico Agroalimentario Nacional anunciado por la presidenta Cristina Fernandez […]

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