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Viernes 15 de diciembre de 2017
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Opinión

· 9 de enero a las 14:18hs

Cómplices, encubridores… ahora mártires

Me llegan constantemente mensajitos a mi telefonito desde alguna usina, seguramente no jujeña, reclamando por la libertad de la “kumpa” Milagros Salas. Pero en el juego siniestro de optar entre la Coca y la Pepsi, uno hace lo que puede para zafar de la encerrona que a muchos alegra.

Por eso mismo aclaro, no me resulta sensato criticar o atacar a Morales al que lo hemos conocido de antaño y sabemos bien quién es, sin considerar a su vez lo aberrante de la opción presuntamente nacional y popular que nos presenta el progresismo. Si hay algo que tenemos claro luego de los enormes fracasos de todas las grandes revoluciones del siglo XX es que las propuestas deben ser éticas, que deben ser humanistas, que deben ser integrales para reconocer a las personas en todos sus atributos y derechos. La verdad es revolucionaria, la mentira NO lo es. La rebelión del Pueblo siempre es auténtica y podríamos justificar sus excesos, pero jamás deberíamos justificar los extravíos de los aparatos que institucionalizan aquellas rebeldías, que intermedian la representación y la presunta voluntad de los pueblos y que terminan tiranizando y reprimiendo a los mismos, a cuyo nombre erigieron su nuevo poder. Ciertos personajes como Milagros, la apaleadora, la pateapuertas, son aberraciones que se repiten una y otra vez a lo largo de la historia, particularmente en el mundo andino en que el Estar se contrapone violentamente al Ser, también en la psiquis adolorida del mestizo. Y debemos comprenderlo aunque no justificarlo.

Decía Kusch que Europa conquistó su Ser, su propio modo de ser, pero que en el camino perdió su antiguo Estar, o sea las memorias, los modos comunitarios, el pensamiento mágico, los usos y costumbres que le proporcionaban el alma y el amor por la vida. Decía también que América, por lo contrario, permanece en el Estar porque no le permiten ser como debería y podría ser desde su propio estar, porque se le impone un modo de ser que no corresponde a su propio Estar. Es en el mestizaje, en esa etapa intermedia de la aculturación, en que no se es indio ni tampoco se es reconocido como gente, dónde más se sufre este desgarramiento ancestral de América que lleva siglos buscando resolverse. Las expresiones de ese querer ser y no saber cómo llegar a ser, se lo ve en el Tiahuanacu de cemento armado por Milagros; una farsa más de las muchas que la caracterizaron, también en el disfraz de princesa incaica con que se presenta en el despacho de Francisco y que se contraponen luego con sus vacaciones en Punta del Este.
No encontró, diría el filósofo, su propio “estar siendo” o sea su ser desde el Estar propio, sino que copia el ser de otros y añade su propia rabia, el odio y su resentimiento que es lo más auténtico que tiene, porque le es propio. Pero que sus golpes y su rictus de rencor sean la verdad de lo que esconde no significa que sean buenos y que debamos ensalzarlos. Son gestos y crispaciones terriblemente dolorosas, productos del colonialismo que NO ha sabido resolver en sí misma puesto que hace lo mismo a otros que le hicieran a ella alguna vez. Entonces no solo no lo resolvió sino que lo agravó, porque ahora es victimaria además de víctima.

Me pregunto cuánto pero cuánto en este camino de odio, de extravíos y de colonialidad desgarradora de la propia comunidad a la que tiranizó tiene que ver los Noros, los Vaca Narvaja y las Cristinas K que la usaron y la abusaron desaprensivamente, a la vez que la convirtieron en un instrumento del desclasamiento que llevaron a cabo todos ellos del pueblo argentino, para así lograr la acumulación de poder que sobre esas políticas generaron para su propia tribu progre camporista y modernizadora tardía en el país colonizado por una nueva oligarquía de la que fueron encubridores y socios.

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