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Miércoles 29 de marzo de 2017
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Memoria activa, Opinión

· 15 de diciembre a las 15:17hs

Brukman y el adiós a la revolución

Es muy probable que muchos de los amigos y/o lectores de esta página, ignoren simplemente lo que alguna vez fue o significó Brukman. Es por eso nos parece importante contar esta pequeña historia.

La empresa Brukman quiebra en los finales del 2001, en medio de una situación caótica tanto económica como financiera y de colapsos políticos de las dirigencias, particularmente del Frepaso y del radicalismo. Las clases medias salen a la calle a defender sus ahorros y la protesta se generaliza, los balcones se llenan de familias que golpean cacerolas, en cada columna de alumbrado hay alguien con un martillo que no deja de golpear, los autos tocan incansablemente sus bocinas y desde las barriadas y desde los conventillos del sur la gente comienza a marchar sobre la Plaza de Mayo desafiando el estado de sitio. Cuando alguno de los barones del conurbano, tal como ocurre en Merlo y en Moreno, lanzan sus huestes al saqueo de los grandes supermercados, las cosas comienzan a salirse de madre y el Gran Bs As se convierte rápidamente en tierra de nadie, donde se multiplican las barricadas y donde todos se arman de manera abierta para la autodefensa de sus propias zonas, porque la anomia del país es evidente y porque los rumores refieren a un clima generalizado de pillaje.

Pero del caos puede surgir asimismo la propuesta de un mundo nuevo y no solo la violencia desbordada. Es lo que ocurre, cuando son muchos los que reaccionan y comienzan a dialogar con los otros, con los que habitualmente no se habla en la cotidianidad, con el vecino, con el prójimo. Y surgen las asambleas populares, que se multiplican como hongos por todas partes, y las asambleas comienzan a ocuparse de los ancianos, de las familias más pobres, porque no solamente discuten políticas sino que organizan los servicios necesarios para que las barriadas funcionen y una cierta equidad se imponga gradualmente. Es para muchos de nosotros el sueño cumplido de una profecía, la revolución parece estar en las calles, el que se vayan todos se extiende como una consigna general que anticipa un cambio profundo de la sociedad.

Somos muchos los que nos desvelábamos porque parecieran ser aquellas las vísperas del cambio soñado tanto como de la convivialidad. Con Ignacio Lewkovicz imaginábamos que era el momento de instalar el tema del modelo impuesto de los agronegocios y de la sojización del país, asi como de la necesidad de abandonar el proyecto científico de la Biotecnología. Multiplicamos nuestras voces y nuestras acciones para ello. Evidentemente era el momento, todavía se podía cambiar el rumbo de la colonialidad en marcha, no había siquiera la mitad de los millones de hectáreas de Soja GM que ahora existen y aún no se había consolidado ese poder rural e inmobiliario que es la nueva oligarquía de los Grobo, los Elsztain, los Midlin, los Werthein y los Sigman. Sí, era posible lograrlo y estuvimos a punto de conseguir instalar esos debates.

Lamentablemente, se impuso desde la izquierda y desde los aparatos el tema de Brukman. La vocinglería sobre la ocupación de esa empresa textil fue apabullante, en aquellos días no se podía hablar de otra cosa. Lo mismo ocurrió en las asambleas populares, o se solidarizaban con Brukman o con los países de medio oriente invadidos por USA no importaba que alrededor se estuviese cambiando el mundo, se impuso el leninismo más obstinado y más autoritario… también más contumaz. Se acallaron las voces que intentaban parir un mundo nuevo, lo importante era dar de comer a los hambrientos, aunque no fuera más que soja transgénica. Lo primero era por lo demás, conseguir planes sociales que paliaran el hambre y también construir casas en los conurbanos para los que llegaban expulsados por el modelo de la agricultura industrial. Era la hora de los D’Elia y Alderete…. El Duhalidismo vio la veta y se sumó con las manzaneras y un incipiente asistencialismo, se sumó también la Iglesia con Caritas y con el sojero Eduardo Serantes a la cabeza, se sumaron los sojeros y desde el campo comenzaron a llegar las bolsas de porotos donados a los comedores y como un milagro ese nuevo poder rural encontró el objetivo ético que lo aunara, la razón que necesitaban para sentirse un colectivo nuevo de Poder, y de ese modo lograron tener el sentido de trascendencia política que no tenían y que necesitaba para reemplazar definitivamente a la vieja oligarquía de la SRA.

La oportunidad pasó y luego de ese fracaso vino la década ganada con su asistencialismo masivo y todos los que debieron haberse ido volvieron, volvieron todos. De Brukman pocos se acuerdan, ahora tiene la mitad de los obreros que tuviera alguna vez y según nos dicen algunos de los gestores de la cooperativa han asumido la empresa casi como propia. Qué puede importar eso ahora? ¿Qué culpa pudieron haber tenido esos obreros que como los de Zanon y tantos otros sirvieron simplemente para cambiar las agendas y hacerlas inocuas? Por supuesto no tuvieron culpa ni conciencia.

Hoy tampoco la tienen los que siguen a Pérsico y a Grabois cuando ellos firman los acuerdos de coexistencia y de paz social con el macrismo por largos años. Volvemos a equivocar el camino y los que nos conducen a la trampa son los mismos. Una vez más nos impondrán sus agendas insidiosas?

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